lunes, 21 de junio de 2010

TÚNEL DE PESADILLAS


“Cinco horas con Mario. De Miguel Delibes. Dirección: Josefina Molina. Reparto: Lola Herrera. Pablo Rodríguez. Escenografía: Rafael Palmero. Música: Luis E. Aute. Madrid. Teatro Real Cinema.

El monólogo interpretado por Lola Herrera, a partir de la obra de Miguel Delibes “Cinco horas con Mario” es todo un clásico de nuestra escena. El éxito reincidente de cada reposición que ha hecho la genuina actriz española, avala la capacidad del verbo del maestro novelista para despertar la chispa dramática necesaria al drama. Se dice que Delibes es el notario de la lengua como expresión del alma. No sól es un contador de historias, sino un riguroso documentalista del habla peculiar de sus personajes, desde el campesino más humilde, al señorito más pudiente.
Al gran dramaturgo irlandés J. M. Synge (padre involuntario del Teatro Poético Irlandés) le obsesionaba tanto la uniformización que estaban produciendo los adelantos de la civilización moderna, que se lanzaba a los caminos con su bicicleta para contactar con la gente sencilla de las islas Aran, para fijar toda la sabiduría que milagrosamente -y por poco tiempo- se conservaba en estos tesoros de memoria viviente. Delibes realiza esta misma tarea en Castilla, cuna de la lengua madre española. En “Cinco horas con Mario” aplicó su fonendoscopio a las rancias clases pudientes provincianas. María del Carmen Sotillo es la representante de una burguesía venida a menos, que se ha criado con abolengo en su infancia, y que al casarse con un catedrático de instituto vio mermadas sus expectativas sociales y económicas. El autor sitúa sus confesiones y reproches en la noche que está velando a solas el cadáver de su esposo -Mario- un hombre con ideas consecuentes sobre la justicia y la dignidad, que le frenaron cualquier posibilidad de progreso material y social, en tiempos tan aciagos como el franquismo. Carmen no pudo tener nunca ni siquiera un “Seiscientos”, mientras sus pretendientes de juventud se paseaban por la ciudad en grandes y veloces “Tiburones” de color rojo, oliendo a colonia cara y a tabaco rubio. Su recién estrenada viudedad le refresca todo el mundo erótico frustrado que ha quedado entre las sábanas de un marido intelectual, delgaducho e inapetente sexual.
Lola Herrera demuestra estar unida a este personaje con devoción y lealtad. Sus dotes interpretativas profundizan más allá de lo normal, hay momentos en que se transfigura, desaparece la actriz y el personaje corre y corre en la noche, intentando salir del túnel de pesadillas que la encierra desde hace décadas. El público que rebosa la sala, la acompaña en este trance con una atención cuasi religiosa, como el que está concelebrando un rito trascendente y esencial.
El montaje de Josefina Molina está ajustado al vuelo interior del personaje femenino. El dinamismo progresa durante la representación, paralelo a la aparente liberación de Carmen Sotillo, que lamentablemente nunca se consumara, por la revivida presencia del muerto en sus hijos.
El público aplaude a rabiar a la veterana intérprete que les desvela los secretos profundos, no sólo del corazón de su personaje, sino de todo el arte teatral.

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