jueves, 1 de julio de 2010

CRUZANDO EL CÍRCULO DE FUEGO


"Los vivos y los muertos". De Ignacio García May. Dirección: Eduardo Vasco. Escenografía: Jose Hernandez. Iluminación: M.A. Camacho. Reparto: Walter Widarte. José Tomé. Gines Gª Millán. Jesus Fuente. Enric Majó. Roberto Mori. Madrid. C.D.N. Teatro Infanta Isabel. 27-4-2000

Ignacio García May se incorporó a la profesión teatral en 1987, cuando recibió el premio Tirso de Molina por su obra teatral "Alesio, una comedia de tiempos pasados". Su primer estreno fue en el teatro María Guerrero, con gran éxito y reconocimiento.
¿Cómo escribe García May doce años después de aquel sonado éxito? Con su nueva obra, el autor madrileño pone en evidencia la gran altura de la escritura teatral española actual. "Los vivos y los muertos", no sólo se atreve a hablar de temas conflictivos de hoy en día, (como las terribles guerras del tercer mundo, y la suculenta tajada que sacan de ese dolor, las instituciones humanitarias, la cadena de intermediarios, los políticos, los comerciantes, los medios de comunicación ...) ; sino, que además lo hace con una calidad de escritura dramática, que emparenta al texto, con la gran tradición teatral europea, desde Cervantes, a Ibsen o Koltés.
Porque Gª May, con una gran intuición del diálogo, y de la situación dramática, sopesa en su escritura, tres elementos fundamentales para el teatro: el valor simbólico -y por tanto social- de sus personajes; su caladura humana, la memoria y el dolor de su experiencia; y para explicar lo inaprensible, usa la poesía: "pone a pintar a Dios, con su caja de acuarelas" sobre la escena.
El director Eduardo Vasco, ha tenido el acierto de dejarse llevar por el texto, como si el perro guiara al amo; aunque, en la puesta en escena se respiran ciertas tensiones y brusquedades. Lo que dicen, hacen y recuerdan los seis personajes, entre las ruinas de un templo vagamente asirio (muy bella la escenografía de José Hernández; quizás un poco claustrofóbica), se hace duro, violento, y revulsivo para el público; se trata de la misma violencia que usaba la tragedia griega para provocar la catarsis; la denuncia de las crueldades sociales, no es eficaz si es suave. La obra es un puñetazo moral, no sólo contra el mundo de los "mass-media", sino contra la hipocresía y la injusticia consentida de los "poderes globales" del mundo actual; ¿quién maneja -hoy- más poder que los grupos de comunicación?
Los actores respiran una bestialidad de "leona herida", casi de teatro de la crueldad. Walter Widarte danza extático la melopea de Griffins. José Tomé llega hasta el límite del nervio, en un personaje arriesgadísimo e inquietante. Gª Millán animaliza la ingenuidad de su brusco personaje. Roberto Mori, consigue el candor gusanesco del novato; y Enric Majó y Jesus Fuente, perfilan bien sus personajes. Interpretan en conjunto, un dodecafónico concierto dramático, infernal, y lleno de esperanzas. Los buenos amantes del teatro, no deberían perderse este genuino e inquietante espectáculo.

EL SUEÑO DEL MARCIANO


"Los misterios de la ópera" de Javier Tomeo. Dirección: Carles Alfaro. Geografías Teatro. Reparto: Jeaninne Mestre. Manuel Carlos Lillo. Emilio Gavira. Vestuario: Sonia Grande. Versión y espacio escénico: Carles Alfaro. Madrid. Teatro de La Abadía.

Tomeo es un surrealista ibérico, de buena cepa, en la mejor onda dramática de Arrabal, Nieva o cierto Gª Lorca. La vanguardia alcanza en él, altas cotas, por su destilación de las esencias. Es lógico pues, que hayan sido Francia y Alemania quienes hayan descubierto la naturaleza teatral de esta novelista, para exportarlo a España. En su nueva obra, Javier Tomeo utiliza la metáfora del subterráneo, para hablar del espacio mental del arte y el pensamiento; allí mora la voluntad del artista, junto al sexo y el deseo. Tomeo, a pesar de escribir como si contara el sueño de un marciano, ama a sus personajes; más bien se trasviste en ellos. Y esos hombres grises, y esa mujer brillante, son los alter egos en que se ha desdoblado el autor aragonés, para hablar del arte, para hablar de sí mismo como artista. En ese viejo afán demiúrgico del anciano, travestido de hembra lujuriosa, también alienta la locura de Dionisio, la semilla del teatro.
El director Carles Alfaro se ha planteado acertadamente dirigir el texto como un concierto para tres voces y otros ruidos; el carácter melo-absurdo-esperpéntico, o lo que es lo mismo, su naturaleza toméica, exigían esta musicalidad de la representación. Es una pena que el aburrimiento impregne de lagunas negras la representación. El interés decae, probablemente, más por razones escénicas que dramatúrgicas. Si se han afinado bien las voces, no parece ponerse en evidencia -con la misma nitidez- el relieve de las situaciones dramáticas, necesarias para "humanizar" un texto tan simbólico, traslúcido, y caleidoscópico.
Jeaninne Mestre pone altas cotas a su trabajo interpretativo, coquetea con el virtuosismo, sin conseguir del todo dominarlo. Es de agradecer este esfuerzo vocal de una actriz que intuye hasta donde se debe llegar. El brillante ujier que interpreta Emilio Gavira, es otro guiño aliñado, al mundo infrateatral del circo, las varietés y la revista. Manuel C. Lillo, empasta la grisura de su personaje de juez interrogante. El traje para Grunilda, de Sonia Grande, es en sí mismo, toda una escenografía. Que la obra se desarrolle en los sótanos de un teatro, es también otro valor metafórico definitivo. Lo que se cuece en las profundidades marginales del Averno teatral, está mucho más vivo, y se mantiene mucho más apasionado, que mucho facineroso cadáver gris-plata, de la superficie. En esta filosofía marginal, radica la autoridad moral del texto.

PRIMAVERA CALDERONIANA

"La Dama duende". De Calderón de la Barca. Versión y dirección: J.L. Alonso de Santos. Escenografía y vestuario: Llorenç Corbellá. Iluminación: Josep Solbes. Musica: Javier Alejano. Asesor de verso: Vicente Fuentes. Reparto: Enrique Simón. Lola Baldrich. Alfonso Lara. Cecilia Solaguren. Pedro Casablanc. Débora Izaguirre. Pablo Rivero. Gonzalo Gonzalo. Madrid. CNTC. Teatro de la Comedia. 28-4-2000

Sorprende como nuestros autores clásicos, necesitan poco argumento o peripecia para desarrollar sus comedias en torno a un pequeño esquema o situación, que va haciendo avanzar la acción, por la combinación de distintas variables o personajes en escenas similares. Es lo que en "Comedia del arte" se llama "canovas", una situación de partida sobre la que improvisaban los tipos fijos de la comedia italiana: Pantalone, Arlequino, Il Dottore, Briguella, son los antepasados inmediatos de los señores, damas, criados y soldados que pululan por todas las comedias españolas del S. XVII. No hay que olvidar que cuando se está fraguando el teatro español en el S XVI, Italia atraviesa épocas de dominación española. Las relaciones son muy estrechas, y las influencias literarias de la cultura clásica, reavivadas por el Renacimiento, se instalan con facilidad en España.
"La dama duende" es una especie de pequeña historieta repetida, por la que campa, libre y fiero, ciego y salvaje, el niño amor. Calderón aparca la honra, el deber, la fe, la religión, la metafísica de sus grandes dramas, para introducirse de lleno por una especie de jardín encantado, gracias a las idas y venidas del amor.
Alonso de Santos -como director y adaptador- ha potenciado en su montaje distintos elementos, que apuntan ante todo a servir al texto dramático sobre el que se articula la pieza. La colaboración de Vicente Fuentes, en la supervisión del trabajo de verso, es brillante, y consigue que los ritmos y los significados de este teatro en verso, llegue con claridad a los oídos del "respetable". Este montaje de "La dama duende" tiene la virtud de que todo se entiende.
El público disfruta sobre todo las escenas más picarescas de los criados. Cecilia Solaguren y Alfonso Lara, componen una pareja cómica que consigue arrancar las risas y la complacencia del patio de butacas; se nota que el director, se siente más cerca de estos personajes populares, que de las estiradas damas y los honorables caballeros de aquella España de los rancios abolengos.
Lola Baldrich interpreta a la dama duende, con soltura en el decir, y bella emoción cuando se requiere, aunque debería cuidar más el garbo fisico que caracteriza a esa dama de alto copete. Pedro Casablanc tiene una voz muy eficiente, y desentraña con intensidad la verdad de las palabras. Enrique Simón, tan energético como siempre, compone un galán compulsivo y ansioso. El resto de la compañía, suma su juventud y despliega sus encantos para adornar esta fiesta liviana, con la que la CNTC, inaugura la primavera calderoniana.

NO SON TODO APARIENCIAS


"No son todos ruiseñores". De Lope de Vega. Versión: Yolanda Pallín. Dirección: Eduardo Vasco. Reparto: Fernando Sendino. Montse Díez. Lucía Quintana. Jose Luis Patiño. Francisco Rojas. Antonio Molero. Nuria Mencía. Escenografía y vestuario: Tatiana Hernández. Iluminación: M. A. Camacho. Audiovisuales: Andrés Beladiez. Madrid. Teatro de la Abadía. 4-5-2000

El dilema de cómo montar a los clásicos, genera sistemáticamente una duda metódica que ocasiona numerosos obstaculos en cualquier proceso de montaje. Tanto los temas de dicción del verso, como la versión a tijeretazo; las claves estéticas del montaje; o si irán o no, en vaqueros, los actores, el día del estreno.
Tras estas diatribas, resueltas en base a la originalidad o tradicionalismo de sus responsables escénicos, suele olvidarse en más de una ocasión, el aspecto esencial del "sentido", o la utilidad de representar esa obra y no otra, hoy en un teatro.
El montaje de "No todo son ruiseñores" navega entre este mar de preguntas irresueltas. La baza fuerte del espectáculo son las transiciones de las escenas; cuando -por fin- se culmina el acto y desparece el texto lopesco, el montaje parece relajarse. Vasco demuestra intuición escénica considerable, y serias lagunas a la hora de enfrentarse al texto, y traducir sus claves ocultas para crear una puesta en escena orgánica, y no caprichosa. Lope escribía en verso, con distintas estrofas, según el carácter de la escena. "Las décimas son buenas para lamentaciones amorosas", escribía el vate dramático. Cuando sus personajes, están a reventar de amor, se entregan a la austeridad reflexiva misteriosa y enigmática de un soneto.
El verso imprime un ritmo externo a la escena, que no asoma en esta representación de título lopesco. Los actores -en todo el primer acto- permanecen estáticos e indefinidos (sin actitud física); bajos de tono, y por tanto, aburridos. Aunque cuando llega la transición, bailan las luces, los trastos del escenario; y hasta los actores se mueven con más brío, que iluminados. La aparición de los actores cómicos de la obra, Nuria Mencía y Antonio Molero, comienza a dar vida a la escena. Jose Luis Patiño entona muy bien sus parlamentos, y desgrana con emoción contenida su soneto. El vestuario actual, los "moviles" sonando en escena; y los audiovisuales mal utilizados, (como un "hilo musical" de carácter plástico, sin ninguna repercusión en la dramaturgia de la pieza); intentan demostrar, ante todo, la actualidad con que se puede representar a Lope de Vega. No parece ése, un objetivo teatral muy claro; lo lícito es que el público se deleite con ese delicioso juego de enamorados ruiseñores que se siguen arrullando por encima de los siglos.
Resulta preocupante que la función comience a entonarse a partir de la mitad de la representación, porque exige del público mucha paciencia. A pesar de todo, los cómicos despiden la función entre los aplausos del respetable.

LAS BRAGAS SUCIAS


"Kaos", de Antonio Alamo. Dirección y espacio escénico: Eduardo Fuentes. Reparto y música original: Mariano Alameda. Daniel Huarte. SergioVilloldo. Rodolfo Sancho. Coordinación musical: Mariano Díaz. Cordinación escenografía y vestuario: Rafael Garrigós. Madrid. Teatro Alcazar. 17-5-2000.


Que cuatro jovenes estrellas de la televisión nacional, se conviertan en productores de su propio espectáculo teatral, no deja de ser una noticia insólita, que estimula y revitaliza las fórmulas teatrales por inventar. Que estos cuatro jovenes decidan medirse con su público natural (adolescentes y quinceañeras desenfrenadas) es un reto original y acertado. Por una parte, la legión de chicas, los piropean y jalean desde la oscuridad del patio de butacas con un ardor, que superaría al de un batallón de legionarios ante la compañía de revista de Celia Gámez; el teatro les permite estar con sus ídolos en persona, en directo, y eso es excitante. Por otra parte, estos jovenes actores que se han dado a conocer a través de un medio como la TV tan poco exigente con la calidad interpretativa, saldrán crecidos de esta experiencia.
"Caos" (a pesar de toda esta aparente facilidad que le otorga la fama de sus protagonistas,) es un trabajo valiente, pues se mete de lleno en un texto duro, crítico, sucio, literario, y nada complaciente. "Caos" se basa en un cuento de Antonio Álamo, "Haciendo un favor a Charly", perteneciente al libro "¿Quien se ha meado en mi cama?". En él, cuatro okupas en Londres nos muestran sus dificultades para sobrevivir en un mundo industrial (otra vez escenografía de mecano tubo), urbano, tenebroso, sin demasiadas esperanzas de felicidad y gozo, como no sean las que facilita el mundo de la droga y la alucinación cotidiana. El texto sitúa el conflicto, en torno a una hipótesis de literatura político fantástica: uno de ellos -el camarero emigrante- se ha liado con Margaret Thatcher, en los tiempos en que ella presidia el gobierno británico: las bragas sucias de "la dama de hierro" viajan con él en su bolsillo. A partir de esta situación delirante, se desgrana un mundo de apariencias y de realidades, donde el placer, el terror, la pesadilla, la muerte y la vida, son caras intercambiables de las mismas viejas monedas gastadas de occidente.
El director Eduardo Fuentes, tan cercano a todo lo que huela a "teatro urbano" contemporáneo, subraya, estructura, y dispone un artefacto escénico eficaz y agresivo, para contarnos esta historia de unos personajes sin futuro, interpretados por un cuarteto musical y dramático, de pleno éxito en nuestras pantallas, y ahora también en los escenarios.

EL CARRUSEL DEL SEXO


"El homosexual. O, la dificultad de expresarse". De Copi. Traducción y dirección: Gustavo Tambascio. Escenografía y vestuario: Jesús Ruiz. Reparto: Helena Dueñas. Jorge Merino. Secun de la Rosa. Igor Larrauri. Mirian Penela. Músicos: Claudio de Casas. Miguel Malla. Madrid. Teatro Alfil. 5-5-2000

El argentino Copi demostró con su polifacética obra, tener un mundo propio; condición básica para ser considerado un autor, o creador. Su rareza le da carta de naturaleza artística. El espíritu transgresor de sus viñetas en la prensa francesa, (donde desarrollo toda su carrera artística,) se ajustaba muy bien a ese espíritu contracultural del mayo del 68, que apuntó hacia los delirios psicodélicos (en tantos sentidos) de la década de los 70. La libertad sexual, la promiscuidad, los paraísos artificiales de las drogas, la escatología..., funcionaron como armas arrojadizas contra el poderoso, castrante y anquilosado "Sistema". La gran ceremonia de la transgresión hacía arder sus mejores sahumerios en el París de esos años; Genet y Arrabal eran los sumos sacerdotes del teatro.
La traslación del mundo de Copi a la escena, es un asunto más complicado. Cuenta, de antemano, con el arma de la teatralidad por su impacto y sorpresa, al tratarse de formas y situaciones provocadoras, y muy poco convencionales. Está más cerca del cabaret expresionista alemán, patético, desgarrado y moralizador (en su aparente anti-moralidad convencional), que del gran teatro de la ceremonia.
Es loable el estreno de esta obra en la escena madrileña. No demasiado abierta a "raras avis" foráneas. Merece la pena el esfuerzo realizado por Tambascio y su equipo, para dar a conocer la originalísima obra de Copi entre nuestro público.
"El homosexual, o la dificultad de expresarse" es un montaje, riguroso, valiente, con música en directo, impactantes figurines, y una plástica añeja y rancia muy cuidada por Jesús Ruiz, y bien valorada dramáticamente por Tambascio. El problema está en el desajuste que se produce entre un cabaret con pretensiones de pieza dramática; o una obra de teatro que se queda corta ya que es sólo un juguete para cabaret. Parece que ha habido una cierta indefinición sobre qué camino elegir; aunque, ese dilema ya está latente en la misma obra.
Copi mete el dedo y la uña en unos temas originales, nuevos, escatológicos, irreverentes, marginales... y por tanto, muy saludables para un escenario. Pero, para embestir tan de frente, y con tanta virulencia verbal y estética, a la obra le falta alguna conclusión que solidifique su propuesta; a parte, de la "boutade" magnifica que pueda considerarsele. Los actores están muy bien en sus extravagantes personajes. Hay que destacar a Jorge Merino en el papel de una insólita madre rusa, de empaque inolvidable.

¡POR LA DIFUNTA AMISTAD!


"Buñuel, Lorca y Dalí", de Alfonso Plou. Dirección: Carlos Martín. Producción: Jose Tricas. Reparto: Santiago Meléndez. Balbino Lacosta. Francisco Fraguas. Pilar Gascón. Ricardo Joven. Gabriel Latorre. Amor Pérez Bea. Diseño escenográfico: T. Ruata. Audiovisual: P. Ballesteros. Vestuario: Jorge Pérez. Madrid. Teatro Bellas Artes. 31-5-2000

La poco usual relación de amistad entre los grandes creadores de la Historia, tiene arrogantes y misteriosas islas de belleza en casos como el de los alemanes Goethe y Schiller; o el de los irlandeses Yeats y Synge; curiosamente vinculados y estimulados reciprocamente por la poesía y el teatro, como pretexto para los afectos humanos. La tormentosa y apasionante relación de Lorca y Dalí, catalizada y arbitrada por Luis Buñuel, es otro de esos extraños nidos o madrigueras de la más nutritiva y destructiva amistad entre creadores de primera magnitud, pero ante todo, (al menos durante un tiempo,) grandes amigos.
El dramaturgo Alfonso Plou se acerca con sensibilidad, documentación e inteligencia a este trío de ases del arte español del S. XX, para darnos su visión y su reconstrucción dramática de los hechos, engarzando el discurso artístico de los tres maestros, con una reflexión sobre la amistad (en su sentido más castamente amoroso); la muerte y la lucha contra el tiempo. Unos ingredientes estupendos para formar un ajuar de escenas donde bordarles olas, toros, y Martinis Secos, a los tres amigos, que se reúnen -después de muertos- por las artes y maleficios de un teatro.
El director Carlos Martín demuestra habilidad y sensibilidad para enhebrar el espectáculo, valiéndose tanto de la carne de sus actores, como de unos trastos escultóricos; o de las imágenes de una pantalla videográfica, que propicia juegos visuales entroncados con las experiencias plasticas de las vanguardias, en las que profesaban fe común, este trío enconado y amistoso de surrealistas ibéricos.
Hay algo emocionante en hacer revivir a estos singulares personajes en los cuerpos vivos de los actores de teatro. María Teresa León, Ana María Dalí, Gala, Silvia Pinal, La Deneuve, Pepín Bello y hasta Franco y Jordi Pujol les acompañan. Los actores y la actriz resultan sensible y creíbles.
Quizás le sobre a este espectáculo de brillantes y sugerentes imágenes plásticas, el afán de contar demasiadas cosas, hasta peligrar en el batiburrillo de estilos. El tono dominante resulta más evocador, poético y biográfico que humorístico, o satírico. Tal vez las alusiones a Lewis Carroll, en esta trama, sean completamente innecesarias; como si a un traje de hombre, se le colgaran adornos de árbol de navidad. Un poco más de austeridad y de síntesis, mejoraría el resultado final de este ambicioso y notable espectáculo, hecho con rigor y cariño; algo que agradecerá el público.