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lunes, 19 de julio de 2010

LA VIDA DE LOS INSECTOS


"Mirador", de Paco Zarzoso. Cía. Hongaresa de Teatre. Dirección e iluminación: Xavier Alberti. Reparto: Martín Cases. Victoria Enguídanos. Laura Useleti. Carles Sanjaime. Anna María Cediel. Lola López. Espacio escénico: Xavier Arriola. Vestuario: Joan Miquel Reig. Madrid. Sala Cuarta Pared. 7-9-2000.

Los amantes de las estrellas saben que todas las constelaciones se deslizan cada noche por el cielo, aunque no se pasen todo el tiempo mirándolas fijamente para captar ese sutil y casi imperceptible movimiento. En "Mirador", Paco Zarzoso intenta realizar esa hazaña con sus personajes. Los observa tan a fondo, que termina desnaturizándolos; como si hubiese descoyuntado los músculos y tendones que sostienen el ritmo cotidiano, para convertirlos es una especie de harapos humanos automáticos, no desprovistos de encanto y personalidad.
El autor de "Mirador" emplaza originalmente la acción de la obra. Debe tratarse del primer texto teatral que se ubica en la terraza de un bloque de viviendas en la costa; y, además, consigue sacarle partido dramático a ese mínimo espacio cotidiano. En ese balcón-mirador, vemos a los personajes como una especie de raros insectos, que nos van mostrando su tedio, su ternura, su memoria y su afán cotidiano. El espectáculo consigue tener atmósfera y un sello personal, que radica en los silencios, el intimismo, y los numerosos detalles interpretativos. Podría decirse que este montaje y sus personajes, transitan tanto por una suerte de minimalismo emocional, como por un autismo, a veces, cargante.
El autor somete el lenguaje, la situación dramática, y en definitiva a sus personajes a una especie de proceso de higiene y de asepsia, que difumina los fondos; los deja aislados; y pone lupas de aumento sobre sus pensamientos y emociones más secretas.
Las actrices y actores de Hongaresa Teatre son poseedores de una complicidad estilística, que nace del sello personal de su interpretación. La actriz que representa a la hermana protagonista tiene un encanto especial, cierto misterio ultraverbal, difícil de transmitir en una obra con tantas palabras.
El problema de esta disección aséptica de la realidad, es que en algunos momentos puede llegar a desenganchar el interés del espectador hacia la obra. La dirección debería encerrar más sorpresas; valerse más de los recursos escénicos de la teatralidad, aunque fuera para sincoparlos, o reducirlos a su mínima expresión. El concierto de silencios, es un recurso que afecta más al texto que al movimiento y la acción.
En cualquier caso, "Mirador" es un nuevo montaje de esta laboriosa e interesante compañía valenciana, que se presenta en Madrid, por tercera temporada consecutiva, y que crece en ambiciones artísticas en cada nuevo montaje. Nada más saludable para el teatro.

domingo, 18 de julio de 2010

EL PROSTÍBULO DE LOS SUEÑOS

"Venecia". De Jorge Accame. Dirección: Helena Tritek. Reparto: Anahí Martella. Elvira Massa. Gonzalo Morales. Marina Vázquez. Adriana Aizenberg. Alejandro Viola. Música original: Gonzalo Demaría. Escenografía y vestuario: Cristina Villamor. Festival de Otoño. Madrid. Sala Cuarta Pared. 4-11-2000.

El llamado teatro independiente -o, alternativo- sirve entre otras cosas para renovar la cantera de temas, autores, actores, directores..., y experimentar con nuevas fórmulas de producción teatral -a veces, muy restringidas- que finalmente terminan aportando una savia revitalizadora al teatro, y una mayor flexibilidad a la distribución de espectáculos, y por tanto al conocimiento de sus creadores. De los grandes éxitos que ha habido en la escena argentina en los últimos años, en España sólo se han visto los que -por su pequeño formato- han podido -como los personajes de "Venecia"- cruzar con su propio ingenio el océano atlántico.
Las coordenadas de este nuevo teatro argentino se sitúan entre el realismo, el humor, la crítica social, y las precisas actuaciones de sus intérpretes. Nada nuevo, por otra parte, pero sí de una límpida claridad de intenciones teatrales. Si las tramas urbanas, los gabinetes de psicoanálisis, las peripecias familiares, y los choques contra las instituciones públicas, son frecuentes en este joven e impulsivo teatro argentino, "Venecia" aporta un componente fantástico que da mayor sentido a su carácter de fábula o de cuento moral, sin abandonar ni un instante el férreo realismo que parecen considerar imprescindible para la identificación del público con lo que sucede sobre las tablas.
En un miserable prostíbulo de la periferia de una ciudad fronteriza -prácticamente tierra de nadie- se hacinan tres putas entre colchas, santos y mantas, regentadas por una madama anciana y ciega. El sueño de la vieja, de gran corazón y vida miserable, es viajar antes de morir a Venecia, donde podría reencontrarse con su viejo amante de juventud. Aunque la pobreza absoluta impregna la vida de los personajes, las tiernas rameras no se arredrarán para conseguir "engañar" a la vieja, simulando haber realizado con ella su viaje y su sueño. Para que la utopía sea posible, el primer requisito es que seamos capaces de imaginarla, y luchar con fe y tesón para fabricarla. Esta parece ser la tesis del autor Jorge Accame, la dirección y el elenco, transmitida con claridad a lo largo de la representación. Nada parece sobrar en esta deliciosa pieza dramática. La dirección de Helena Tritek es clara, precisa y eficiente. Las actrices encabezadas por Adriana Aizenberg, realizan un trabajo primoroso y de una gran calidad dramática. Elvira Massa alcanza una fuerza escénica insólita con su singular físico y su mínima y potente expresividad. Gonzalo Morales eleva bien alto la bandera masculina en medio de este prostíbulo femenino de los sueños, convirtiéndose en el tierno mago que, con su tenacidad y su ingenio, hace posible la expedición y el viaje hasta la ciudad de los sueños de agua, donde todos -público y personajes- terminan creyendo en el poder hechicero de la bondad.

LA PESADILLA QUE NOS DEVORA

"El fin de los sueños". De Alberto San Juan. Dirección: Andrés Lima. Música: Miguel Malla. Pedro San Juan. Reparto: Alberto San Juan. Luis Bermejo. Roberto Álamo. Encarna Breis. Guillermo Toledo. Javivi. Javier Gutiérrez. Nathalie Poza. Diego Paris. Fernando Tejero. Alicia Yagüe. Escenografía: Juan Sanz-M. A. Coso. Iluminación: M.A. Camacho. Vestuario: Beatriz San Juan. Madrid. Sala Cuarta Pared. 6-12-2000.

En una sociedad donde sólo los ricos, los desalmados o los corruptos progresan; donde el dinero es el único patrón para medir el valor de las gentes; en unos Estados donde la cínica exhibición de las falsas libertades del primer mundo, son el único telón de fondo oficial que existe, es normal que los sueños se acaben y se marchiten con ellos las esperanzas. Ni la honestidad, ni la responsabilidad, ni la eficacia, son valores de cambio, sino más bien todo lo contrario: demuestran la vulnerabilidad de los que aún creen que el bien y el interés mayoritario, puede guiar los comportamientos políticos y sociales. Las viejas utopías son una manifestación de la ingenuidad de los que aún creen en un mundo más justo e igualitario.
En torno a estas coordenadas ideológicas transita la miserable vida de los artistas que integran el espectáculo de variedades de este cabaret patético donde se desarrolla la obra "El fin de los sueños". El teatro vuelve a dar lecciones morales de supervivencia, en una sociedad donde las informaciones amañadas y manipuladas por los medios, establecen los cánones amorales del tiempo presente. El teatro sigue siendo ese viejo rito que necesita ser colectivo para ser eficaz; frente a la tremenda soledad doméstica, desde la que se reciben -de uno en uno- los mal llamados medios de comunicación de masas. "El fin de los sueños" de Alberto San Juan es una pieza que rastreando la desolada existencia de unos cómicos de variedades, y su atribulado empresario, (poco definido dramáticamente, para ser el protagonista), intenta pasar lista a toda esa larga lista de carencias de los seres humanos menos favorecidos de nuestro tiempo. El humor y la corrosión, junto con la buena música en directo, y un trabajo actoral, preciso y coral, hacen de este montaje una saludable vía de oxigenación del teatro actual, muy en la línea de ese "realismo sucio" que nos viene últimamente de las pantallas y los escenarios británicos.
Quizás en el montaje se confunda en alguna ocasión lo que es la recreación deliberada de un ámbito sórdido y cutre, con la falta de hallazgos artísticos que el montaje demuestra. Los números musicales de la función están realizados deliberadamente con carencias, lo que en alguna ocasión hace dudar al público si es un planteamiento deliberado, o una carencia del espectáculo. El día del estreno, el público se manifestó regocijado con numerosas risas y aplausos dirigidos a los intérpretes de esta obra escatológica y miserable, que intenta mostrar a los títeres, a la par que les cortan la cabeza.

LA ODISEA DE UN MONSTRUO IRRESISTIBLE


"Roberto Zucco". De B. M. Koltès. Teatro del Duende. Dirección: Jesús G. Salgado. Reparto: Tristán Ulloa. Yolanda Robles. Miryam Gallego. Manuela Paso. Margarita Lascoiti. Raul de Tomás. Javier Gutiérrez. Belén González. J. C. Moya. Javier Lago... Madrid. Sala Cuarta Pared. 14-1-2001.

"Roberto Zucco" es la última obra que escribió Koltés, cuando ya sabía que era un proyecto de cadáver inminente. Afortunadamente también tuvo tiempo de ver cómo su corta e intensa producción dramática se elevaba como un puente inacabado sobre la escena mundial. El apoyo y la dirección escénica de Patrice Chèreau de sus obras, aumentaron las expectativas de un raro teatro de la palabra que no dejaba de crecer, como una planta carnívora alimentada con la propia vida de su autor.
"Roberto Zucco" es una obra con muchos personajes, a diferencia de esos diálogos-monólogos sobre los que se sostienen el resto de su producción. Quizás, Koltès, sabiendo que se moría, quiso reunir al máximo número de sus criaturas, para que no se quedasen en el limbo de sus sueños. Este estertor de última hora no es bueno para la obra; la convencionaliza, parece ya vista, ya escrita, a pesar de la potencia del personal lenguaje de su autor. Es como si Koltès hubiera preparado una última gran cena de despedida, y hubiera invitado a todos para asistir -en los postres- a su propia defunción.
Hay mucho en este Roberto Zucco del mismo autor, no porque la escribiese a la luz del pupitre de sus recuerdos, sino porque en este asesino en serie, (que ha matado a su padre, a su madre, a un inspector de policía, y a un jovencito deportista,) Koltès intenta acuñar el héroe de unos tiempos monstruosos. La adoración que produce Zucco en todos los que lo conocen, va unido al daño que de él reciben. No hay redención posible, el mundo está condenado.
La obra deambula por los ámbitos urbanos residuales de las clases bajas y oprimidas. La poética de la noche, de las putas, de los drogadictos, del amor y del dolor… está presentes en esta obra en la que el autor quiere dejar impreso su testamento dramático. Tanta solemnidad, tantas intenciones y tanta amalgama de carne humana, le restan fuerza al resultado.
El Teatro del duende, dirigido por Jesús G. Salgado, demuestra ser capaz de afrontar esta odisea urbana de Roberto Zucco, y lo hace con devoción, prosodia e intensidad dramática. Tristán Ulloa presta su voz y su cuerpo a este irresistible criminal que despierta pasiones como un anticristo popular. Yolanda Robles interpreta a su madre con una energía física y vocal muy peculiares. Hay algo animalesco, a la par que poético, en esta caterva de personajes que atraviesan el desierto de la noche koltesiana. Miryam Gallego interpreta a la chiquilla violada por Zucco, con una fragilidad casi patológica, enfermiza y sutil. Manuela Paso es su hermana-madre, la vestal frustrada del submundo urbano, que quiere protegerla del "mal de los hombres". Y Margarita Lascoiti compone el personaje contrapunto del elenco, dando vida a una señora elegante que también cae en las redes de Roberto.
Aunque el espectáculo es de larga duración, y tiene baches considerables (tanto de escritura como de interpretación), la representación de "Roberto Zucco" destila una pasión, un esfuerzo y una convicción muy koltesiana. Algo muy importante que el público sabe valorar con sus continuados aplausos al final de la representación.

SERENTA DE MIEDO Y VIOLENCIA


"Del otro Lado". De y dirigido por: Borja Ortiz de Gondra. Reparto: Adan Black. Pepa Pedroche. Antonio Villa. Espacio escénico y vestuario: Elisa Sanz. Coreografía: Gadea San Román/Alicia P. Mantaras. Madrid. Escena Contemporánea. Sala Cuarta Pared. 21-2-2001.

Desde que en 1990 se estrenara en Madrid "Yudita", de la escritora y dramaturga madrileña Lourdes Ortiz, este crítico no conserva memoria de que un tema de tan candente actualidad, como la violencia organizada y ejecutada implacablemente con fines políticos, haya alumbrado ninguna otra pieza teatral, hasta este "Del otro lado", del dramaturgo vasco Borja Ortiz de Gondra. La condena absoluta o la aproximación a las razones de los movimientos terroristas, suministra un material de tragedia contemporánea de enormes posibilidades. Quizás la vigencia y virulencia del gran conflicto moral y social, que pone en marcha el terrorismo, haya sido causa de inhibición de muchos de nuestros dramaturgos actuales -o recientes-, para adentrarse -en carne viva- con las pinzas del teatro, en una herida social tan delicada como ésta. Algunos pueden pensar, que falta perspectiva histórica para calibrar el alcance de los hechos, desde un escenario; otros, quizás sólo pretendan mantenerse al margen de compromisos públicos, para esquivar peligros indeseables.
El teatro puede y debe ofrecer al público el consuelo de afrontar directamente los conflictos que a todos preocupan. En esta "funcionalidad pública" reside la razón de ser de su futuro; en que sea un arma y un instrumento terapéutico colectivo; y no en quedar reducción a vehículo de expresión y desahogo de unos bufones exhibicionistas; o, una vía segura para el enriquecimiento de unos ávidos y fariséicos kamikazes teatrales. El teatro que se multiplica en el interés del público, es el que puede llegar a convertirse en comunicación viva, lejos de retóricas escandalosas y mercantiles.
A Borja Ortiz de Gondra, hay que felicitarle por el atrevimiento de haber trasladado un tema como el terrorismo, a escena. Aunque, también hay que señalar, que más que afrontarlo directamente, más bien se aproxima a él, bordeándolo.
La obra muestra a dos hermanos amarrados por el mismo amor y la misma tragedia. Su madre y su otro hermano murieron en un atentado de coche bomba, dirigido contra su padre. Los años han pasado; ahora, una mujer los une y, a la vez, los separa. A uno, lo asesinan violentamente delante de su novia. Ella se empareja con el único hermano que queda vivo. Todo es duro, pero la vida sigue, mientras cae la lluvia. Nadie protesta o denuncia, todo es silencio, rabia e impotencia. Demasiada delicuescencia dramática para un conflicto tan real, sólo avizorado a lo lejos, en esta pieza. El público se queda con hambre de profundizar en la reflexión escénica que se le plantea, y que apenas queda bocetada, entre otras razones, por los escasos 45 minutos que dura la representación.
La dirección del autor es sobria, correcta y elegante. Elisa Sanz crea un espacio escénico tan sobrio como significativo.
Los actores son sobresalientes. Pepa Pedroche destella con luz propia, a través de su resonante interpretación, y su voz particularísima. Adan Black y Antonio Villa dan vida a los dos hermanos con profundo calado dramático. Hay que destacar que el montaje consigue crear una atmósfera peculiar, gracias al eficaz y sugerente uso que se hace de la música y el baile.

MEMORIAS DE UNA JUVENTUD INCENDIARIA


"Imagina. Trilogía de la Juventud. II". De José Ramón Fernández. Yolanda Pallín y Javier G. Yagüe. Dirección: Javier G. Yagüe. Reparto: Audrey Amigo. Barde. Elena Benito. Eugenio Gómez. Verónica Regueiro. José A. Ruiz. Espacio Escénico: Juan Sanz. Miguel Ángel Coso. Vestuario: Pepe Corzo. Iluminación: Oscar Cercós. Madrid. Escena Contemporánea. Sala Cuarta Pared. 1-3-2001.

La juventud es el período más incendiario -socialmente hablando- de todas las etapas de la vida. Los permanentes descubrimientos, propios de esta edad; la incertidumbre ante el futuro; y un ánimo incólume y apasionado, (aún sin torturar por los aciagos golpes del destino), son la mecha y el combustible idóneos para que prenda el idealismo más feroz y decidido. Los primeros adversarios son los padres, hay que romper la cáscara para seguir viviendo.
Los protagonistas de "Imagina" (la segunda entrega de la "Trilogía de la juventud", que firman José Ramón Fernández, Yolanda Pallín, y Javier G. Yagüe), tienen que enfrentarse a un doble conflicto: la opresión social del final de la dictadura de Franco; y la autoridad paterna, contra la que se alzaron en una revolución radical, de amor libre y pacifismo. Los padres, (que también están presentes en "Imagina", como personajes sin rostro,) tienen otro doble conflicto: ser una generación que ha sufrido el yugo de sus progenitores, y que además ha tenido que vivir posteriormente, la violenta rebelión de sus hijos. De esto trata "Imagina": de la vida, de la amistad, de la prosperidad, de la fidelidad a los ideales, y de no renunciar de antemano a la felicidad, como hicieron sus padres. Si algo tienen claro los protagonistas de esta obra, es que no quieren terminar igual que sus mayores.
El lenguaje teatral, que también puede y debe ser incendiario e idealista, y perennemente joven, se entiende muy bien con este Trilogía de la Juventud, que reflexiona sobre los avatares de los jóvenes y su memoria, en distintas secuencias temporales de la historia reciente de España. En "Imagina" le ha tocado el turno a los años setenta del pasado siglo, en un ámbito rabiosamente urbano e industrial, amansado por los reflejos de una charca, y las canciones de una emisora nocturna que transmite a través de las canciones de Lenon, Joplin, y Bob Dylan, una dimensión posible de una vida libre y nueva.
Los ingredientes de este cóctel dramático están calculados a la perfección: hay humor, hay amor, hay conflicto puro y duro, hay hermosas y significativas canciones, y hay proyectos de futuro. Sus intérpretes transmiten frescura e intensidad dramática, alcanzando un buen trabajo de interpretación coral, en la que destaca Eugenio Gómez como el amigo revolucionario. El público disfruta con la primera hora de representación, entre risas y dulces complicidades colectivas. Aunque, según avanza la representación, se va echando en falta progresión dramática de la trama, y chispazos de teatralidad. No abundan los elementos mágicos y fantásticos en "Imagina", más apegada a la crónica realista, que a la del sueño de una generación de jóvenes. El ritmo de escenas cortas, y los intercalados de las diferentes historias que se representan, remite a veces, más al lenguaje televisivo, o cinematográfico, que al del puro teatro. "Imagina" está tan fragmentado que difícilmente avanza como un todo dramático. Como crónica de unos jóvenes en unos años concretos, es un trabajo moralmente ejemplar y escénicamente correcto. Quizás lo que falte con más certeza en este montaje, sea que se haga tangible en el teatro la razón y la emoción por la que recordamos la aventura vital de estos jóvenes luchadores.

sábado, 17 de julio de 2010

LAS SECUELAS DE UNA PESADILLA

"Si un día me olvidaras", de Raúl Hernández Garrido. Dirección: Carlos Rodríguez. Reparto: Vicent Gavara. Paca Lorite. Carlos Ibarra. Escenografía y vestuario: Alicia E. Blas y Sebastián Vogler. Iluminación: Antonio López Dávila. Espacio Sonoro: Eduardo Vasco. Madrid. Sala Cuarta Pared. 9-9-2001.

La guerra es una atroz realidad cotidiana para muchos pueblos. Los países que no sufren directamente un conflicto bélico, comparten con los otros esta enfermedad moral. Una vez que se alcanza la paz, comienzan las secuelas, las mutaciones, los desaparecidos, las familias rotas o separadas... La guerra es la mayor y más lucrativa enfermedad producida por los hombres; que destroce la vida de numerosas personas, resulta un factor secundario para los que organizan el gran negocio de la reconstrucción nacional.
América del sur es una despensa inagotable para la América rica del norte. En todos sus conflictos están presentes los intereses económicos de los forasteros, que impiden el desarrollo normal de unos países ricos, sobre todo en materias primas. Tras el golpe de Estado de Pinochet en 1973 contra el régimen democrático que, en ese momento, encabezaba Salvador Allende, se agazapaban los intereses de las multinacionales norteamericanas. La tortura fue una de las prácticas habituales de la dictadura militar chilena. Muchos de los torturados murieron, y algunos de sus hijos pasaron a ser adoptados por las mismas familias de los torturadores.
En torno a estas desoladoras coordenadas Raúl Hernández Garrido construye su obra "Si un día me olvidaras" que acaba de estrenarse en Madrid. Que el teatro levante su copa por la paz y la verdad, o ponga a funcionar la ametralladora dulce de sus palabras contra la violencia, la agresión y la tiranía, son gestos loables y bienvenidos, que elevan la autoridad moral de un arte que siempre ha sobrevivido por su capacidad de criticar los desastres de la sociedad. Pero, además de las buenas intenciones sociales, el teatro debe ser una obra de arte en cada una de sus representaciones. La calidad artística de un montaje es la garantía de su eficacia ideológica. La presencia de la primera regla no puede avalar la ausencia de la segunda.
Carlos Rodríguez ha dirigido con una sobriedad excesiva un texto dramático farragoso y críptico. La claridad de la situación dramática, y sobre todo, la progresión del conflicto, (más que como única vía para contar una historia,) sirven para mantener interesado al público. Ambos factores están ausentes en "Si un día me olvidaras". El hecho de repetir arbitraria o musicalmente las frases más significativas del texto, no garantiza ningún logro vanguardístico. Que la estructura evidente de un texto no sirva más que para repetir lo ya dicho y visto, va en contra del interés del público. Que los intérpretes trabajen en un único registro interpretativo termina resultando pobre y aburrido. No puede haber nada peor para un teatro comprometido, pues se puede pensar erróneamente, que estos temas sólo sirven para producir espectáculos tan difíciles de digerir como "Si un día me olvidaras".

TODO VA A SALIR BIEN


"Como cerdos", de Luis García Araus. Dirección: Emilio del Valle. Reparto: Jorge Muñoz. Carola Manzanares. Nacho Vera. Chete Guzmán. Música y Vídeo: Jorge Muñoz. Iluminación: Miguel Ángel Prieto. Madrid. Sala Cuarta Pared. 12-9-2001.

El teatro joven suele estar asociado a las tendencias más vanguardistas y revolucionarias. Muchas compañías alternativas se parten la cara por destrozar los lenguajes escénicos y dramáticos, sin molestarse si quiera en reordenar las piezas. Otras, se olvidan del discurso en su perorata plañidera de lamentos esteticistas y seudopoéticos; como si la razón de ser del teatro fuera la mera expresión de unos artistas rebeldes, y no la deseable comunicación con el público. Pero por fortuna, hay jóvenes autores y directores, que sin olvidar las exigencias de la dramaticidad, hacen un teatro nuevo, crítico y refrescante. Suyo debería ser el futuro de las tablas, y no de tanto narcisista como circula por ahí, con grandes aspavientos de modernidad ignorante apadrinada por el birlibirloque de los políticos.
En esta urgente clasificación del teatro nuevo, "Como cerdos" de Luis García Araus pertenece al grupo más valioso de todos ellos. La pieza es antes que nada una comedia, toda una originalidad en los circuitos juveniles, que no suelen frecuentar este difícil arte de "criticar divirtiendo". Otra de las singularidades de "Como cerdos" es su radical apuesta como texto dramático, construido con un material aparentemente de desecho, pero enraizado en las reglas más puras del género clásico: hay unidad de lugar, el tiempo es relativamente reducido, y la acción se restringe a una sola: "buscarse la vida" en la picaresca de estos tiempos.
Una serie de amigos en paro deciden "okupar" un local y montar un restaurante hipereconómico para dar de comer a los pobres, y ganarse de paso el sustento. Las bofetadas que pega el espectáculo a la sociedad son certeras y profundas, pero se desprenden de un argumento cómico y delirante, que podría emparentarse con ciertas farsas de Darío Fo, o algunos brillantes momentos de la vanguardia dadaísta. La estética basura que rodea a estos jóvenes desposeídos, y a la vez cargados de deseos de salir adelante, vibra con una profundidad humanística, que tiene además la virtud de estar asumido y defendido al cien por cien por todo su equipo artístico, como un valioso manifiesto. "Como cerdos" es una fotocopia sucia del retrato que una nueva generación hace del tiempo que le ha tocado vivir.
Emilio del Valle demuestra como director, que cuando se quiere hacer buen teatro bastan cuatro sillas rodantes de oficina -conseguidas en algún contenedor- para realizar una rica partitura escénica. Los intérpretes están como fundidos con sus personajes en un payasesco estado de gracia, que produce efectos benéficos sobre el regocijo del público. Cuando un puñado de cómicos quieren contar algo con todas sus fuerzas, y se afanan en conseguirlo con agudeza y clarividencia, (dejando de lado los lamentos trascendentalistas,) se están poniendo bases sólidas para un futuro del teatro, esperanzador y saludable.

EPOPEYA DE TEBEO


"Cous-Cous & churros". Autor: Alfredo Sanzol con la colaboración de J.A. Lumbreras. Dirección y espacio escénico: Alfredo Sanzol. Reparto: Juan Antonio Lumbreras. Vicente Colomar. Natalia Hernández. Eva Trancón. Paco Déniz. Lucía Quintana. Producción: Teresa de Paz. Vestuario: Silvia Nanclares. Madrid. Sala Cuarta Pared. 2-10-2001.

Producciones del Callao se reveló en el festival La Alternativa de hace dos años, como una vibrante compañía teatral arrasadora. El talento de sus componentes aplicado a una obra de Steven Berkoff, "Como los griegos", dio un feliz espectáculo con ingenio, humor, corrosión, basuras, galletas y dibujos animados. La irreverente y compleja mirada de Berkoff hacia Edipo se complementaba muy bien con la de estos vívidos comediantes.
La rabiosa actualidad de esta compañía que entiende el teatro como un juego ejercido con libertad y socarronería, les ha llevado a acercarse al tema de la inmigración magrebí en España, desarrollada en torno a una ficticia invasión árabe de España. En "Cuous-cous y churros" se eleva una ingeniosa pirueta de argumento ocurrente, para dar hilo y continuidad a esta epopeya de tebeo.
El director cuenta con seis interpretes de gran calidad para afrontar esta numerosa galaxia de presidentas del gobierno enganchadas a la red y al exhibicionismo cíber; dueñas de gimnasio enganchadas al morito joven y sus encantos; diputadas catalanas enganchadas al manoseo de los etarras; y comandantes de marina moviendo con sus espías más eficientes, la operación secreta en torno a la repulsión de la segunda invasión árabe de España.
Es todo un método para tratar la actualidad desde el humor más corrosivo. Criticar haciendo reír al respetable es enormemente saludable. Hay numerosísimos golpes humorísticos en la obra de gran efusión e impacto. Un gamberreo irreverente y estimable.
Quizás el problema de este cus-cus frito en aceite de churros, es que precisamente el personaje medular del magrebí sea el más inconsistente de toda la obra. El sumo respeto con que lo tratan todos, lo convierten en un pusilánime. Los temas de rabiosa actualidad son un cuchillo de doble filo para los misteriosos vericuetos del teatro. No siempre se corta por donde uno desea.
Por muy televisiva o de "cómic" que se declare la filosofía de un montaje, no se pueden olvidar las reglas de dramaticidad. Se nota la ausencia de la figura del autor en este montaje. El "genio" del director no siempre puede con todo. El ritmo no sólo se alcanza por la velocidad, sino, por cómo esté construido el texto, y cómo progresen todos los ingredientes reunidos en la trama, y por cómo reaccionen ante ellos los personajes.
"Cous-cous y churros" reúne grandes aciertos escénicos, y un gran trabajo de interpretación, que el público reconoció con entusiastas aplausos la noche del estreno.

LAS HERIDAS DEL HOLOCAUSTO


"Sigue la tormenta". De Enzo Corman. Ur teatro. Dirección: Helena Pimenta. Reparto: Walter Vidarte. José Tomé. Escenografía y vestuario: José Tomé/Susana de Uña. Iluminación: M.A. Camacho. Madrid. Sala Cuarta Pared. 23-XI-2001.

El dramaturgo francés Enzo Corman entiende el teatro como una especie de clínica donde se abren las heridas sociales más putrefactas, y se las intenta sanar desde el conocimiento más profundo de ellas. Esto no quiere decir que el autor se interese sólo por el teatro político, sino que mira desde el interior de una máscara de tragedia, lo que está sucediendo a nuestro alrededor, y habla, fabula y muestra.
"Sigue la tormenta" es una interesante pieza de compleja escritura dramática, donde Corman enfrenta a dos personajes estrambóticos en un ambiente aislado. En la casa de montaña de un viejo actor shakesperiano, se presenta un compulsivo y ambicioso director de escena, que está empeñado en que regrese a la escena para protagonizar su nuevo montaje de "El Rey Lear".
La tragedia del holocausto nazi, sus terribles consecuencias y la conservación de la memoria, guían la travesía moral por la que Corman hace deambular a sus personajes. Hace mucho frío en el retiro de la alta montaña, pero los recuerdos avivados en el viejo por el visitante, van calentando la atmósfera hasta una situación tensa y desbordante, de gran impacto verbal y moral en el público; igual que en la tragedia. Es como si el autor pensara que cuanto más desgarrado sea el retrato, más revulsión emocional provocara en el público; la violencia conducirá a la catarsis que impide el olvido de la experiencia.
La directora Helena Pimenta crea una excelente atmósfera dramática entre los dos tipos, y su puesta en escena es original y elocuente. El espacio escénico es amplio, sencillo y armonioso; la luz de Camacho crea espacios. Aunque el plato fuerte del montaje está servido por la soberbia interpretación de Walter Vidarte dando vida al viejo actor retirado, y el personal temple pasional de José Tomé que lleva cada vez más lejos sus ambiciosas interpretaciones.
No obstante, el montaje tiene algunos excesos que nacen de la artificialidad de ciertos recursos de la puesta en escena: el intenso y precipitado ritmo con que se ataca inicialmente la obra; las redundantes imágenes proyectadas; las delirantes secuencias de locura con excesos visuales que no requiere el texto. El público aplaudió con convicción y repetidamente a los intérpretes, y especialmente a Walter Vidarte, que realiza una de las interpretaciones más brillantes y arriesgadas que se han visto en los escenarios madrileños en los últimos tiempos.

CUANDO SOÑAMOS LO QUE NO FUIMOS


"La llamada de Lauren". De Paloma Pedrero. Dirección: Aitana Galán. Reparto: Natalia Barceló. Vicente Colomar. Escenografía: Carmen Arias. Iluminación: Alfonso Pazos. Selección musical: José Bau. Ayte. dirección: Blanca Baltés. Producción general: Robert Muro para Teatro del Alma. Madrid. Sala Cuarta Pared. 9-1-2002.

Los seres humanos somos criaturas simbólicas. Nuestra naturaleza esta intentando conciliar permanentemente el afán de eternidad que anida en nuestro espíritu; con ese animal tosco, que necesita alimentarse a diario y evacuar sus más sucios fluidos. A través de los sueños y los deseos recibimos iluminaciones certeras de ese combate interior que se libra por la trascendencia. La sexualidad es la escalera cósmica que puede conectar ambos planos superior y terrenal.
Nuestra civilización judeo-cristiana no expede muchos pasaportes para esos viajes astrales donde situar con precisión nuestros planetas interiores más ocultos, y que tanto pueden ayudar a conocernos y reconciliarnos con nuestra propia existencia. No se cultiva "la vida inferior", sin descubrir que ahí se encuentran los cimientos que sostienen nuestras emociones, nuestras señas de identidad particulares que nos hacen percibir el mundo de una forma concreta y estable.
"La llamada de Lauren", de la dramaturga Paloma Pedrero, se atreve a lanzar una escala de urgencia entre la vida y el escenario, para tratar acerca de los roles sexuales establecidos. Que esta obra produjera convulsiones en el público patrio hace casi veinte años no sorprende. El país que acuñó el término "macho ibérico" no puede ver con tranquilidad a un hombre que se aprovecha de la libertad permisiva de una noche de Carnaval, para dar rienda suelta a sus más anhelados fantasmas.
Pedro, el protagonista de la obra, se viste casi de Gilda -el arquetipo de la seducción femenina cinematográfica- para algo más que darle una sorpresa a su joven esposa, en una noche festiva de transgresiones. Rosa, al principio, sigue el juego como una excitante licencia carnavalesca, pero no se siente cómoda. La catarata de su miedos no está más que a punto de desbordarse. Lo que ella se temía, es una niñería comparado con lo que está sucediendo.
La autora pone en marcha valientemente, no sólo el escabroso tema de la identidad sexual masculina, sino que se vuelca en sus terribles consecuencias en la incomunicación de la pareja. El hombre que se quita su máscara de macho rebelde y violento, encierra terribles secretos. La hembra que sufre el abandono se muestra comprensiva, y por puro amor le pinta al marido los labios antes de que él se marche.
Aitana Galán sirve la representación en un escenario con cuatro caras. Dibuja muy bien las atmósferas dramáticas que el texto propicia; y consigue que Vicente Colomar y Natalia Barceló se estremezcan, desnudando su alma ante el silencio cómplice del público. Toda una ambientación musical cinematográfica, encabezada por la siempre sugestiva voz de Marlene Dietrich, aporta a la representación esa atmósfera mórbida y sofisticada de unas relaciones matrimoniales extravagantes, que parecen sólo posibles en las truculentas pantallas cinematográficas. El drama que desnuda la autora, es el de que sucede en demasiadas vidas, en demasiadas casas.

viernes, 16 de julio de 2010

EL REGRESO DE LA SOCARRONERÍA


"Mala leche". De y dirigido por Rafael Ponce. Dramaturgia: R.P. y Margarita Sánchez. Reparto: Gerardo Esteve. Malena Gutiérrez. R. Ponce. Coreografía: Eduardo Ruiz. Madrid. Sala Cuarta Pared. 8-1-2002,

Con un oportuno arranque de función en torno a la confusión que generan dos frases parecidas: “El teatro ha muerto”, y “el teatro ha vuelto”, la compañía valenciana Esteve y Ponce, pone el dedo en la llaga de su ideología: todo por y para el teatro. Estos personales cómicos mediterráneos derraman una vitalista socarronería sobre la escena más vanguardista.
En las obras de Esteve y Ponce se agradece su humor y la plasticidad impecable de sus propuestas; pero más aún, se disfruta con la ironía lúdica y corrosiva que vierten sobre las tablas. No ignoran la asepsia del teatro-danza, ni las leyes rigurosas del minimalismo, tampoco las normas repetitivas de la modernidad, ni las músicas agresivas o alternativas de nuestro momento; pero, saludablemente, en las propuestas teatrales de Esteve y Ponce sigue reivindicándose el olor a sobaquillo y a imperfecta humanidad. Lo suyo no es sátira, es una suerte de tierna autocompasión irónica, que los emparenta con los payasos.
No hay un tema que conduzca esta nueva entrega de Esteve y Ponce, su lenguaje es el del cabaret y el de la parodia maliciosa del presente. Las escenas se enlazan y fluyen vinculadas por la música, la luz, los colores de la escenografía, o los movimientos coreográficos. El lenguaje del escenario arrastra tanto palabras como objetos, colores y movimientos. En cierto sentido, nos encontramos ante un teatro gestual, donde la palabra no está del todo proscrita.
Hay tradición del humorismo español del absurdo en la nueva obra de Esteve y Ponce, y se agradece la coherencia y el rigor de su trayectoria, en las procelosas aguas del maratón obsesivo del triunfo imperante.
Los tres intérpretes tienen soltura y carácter escénico. Su profunda humanidad les hace conectar con el público de una manera fresca y directa, como sucede en el cabaret o el circo. La noche del estreno, con el teatro a rebosar, los intérpretes fueron ovacionados por el público.

LA MIRADA DEL EXHIBICIONISTA


"120 pensamientos por minuto". Compañía Lucas Cranach. Texto, espacio escénico, iluminación y dirección: Carlos Marqueríe. Reparto: Gonzalo Cunill. Carlos Fernández. Guitarra, cámara y montaje: Javier Marqueríe. Madrid. Sala Cuarta Pared. 25-2-2002.


Carlos Marqueríe lleva muchos años intentando incorporar nuevos lenguajes al teatro, buscando dar un paso adelante en el mestizaje de nuevas géneros y tendencias. La compañía Lucas Cranach es la formación teatral con la que intenta reunir más campos de creatividad artística sobre un escenario teatral. Sin experimentación el teatro suele adocenarse. La vanguardia es necesaria, y es una lanza con la que las nuevas generaciones empujan a las anteriores, provocando el movimiento. En medio de todo este impulsivo e incendiario afán de triturar códigos, suele haber muchos naufragios artísticos, pues el arte teatral se manifiesta cuando conmueve al público, y no sólo a sus intérpretes.
Con “125 pensamientos por minuto” Marqueríe consigue interesar y petrificar al respetable en sus asientos. La conmoción que produce cierto tipo de imágenes escénicas –valientes y novedosas- en torno a una relación corporal intensa entre dos hombres prácticamente desnudos en escena, clava al auditorio en su butaca. El cocktail dramatúrgico y plástico que elabora Marqueríe, resulta generoso en esta ocasión. Proyecciones de vídeo, música en directo, danzas y saltos, dibujos y fotografías del autor proyectadas en una pantalla, y además una serie de textos sugerentes que dicen los dos actores al público, desde el escenario. El ritmo, la dosificación de recursos escénicos, y la sugestiva banda sonora hacen que “120 pensamientos por minuto” resulte un espectáculo interesante.
Lo menos logrado son los textos, se hacen largos y repetitivos, no deliberadamente, sino porque se consumen en sí mismos. El verbo dramático se diferencia del narrativo en que genera acción en quien lo pronuncia o recibe; la digresión y la reflexión en escena conducen a un estatismo que deja ciego al público. Cuando los actores Gonzalo Cunill y Carlos Fernández comienzan el recitado, se puede cerrar los ojos, porque no sucede nada sobre las tablas. Estos largos parones verbales frenan el crecimiento rítmico de la representación, e impiden prever el clímax del desenlace.
En cuanto a las referencias al “Titus Andrónicus” de Shakespeare, se hacen verbalmente una hora después de comenzada la representación, y resultan innecesarias e insustanciales; la hipotética fuerza del espectáculo va por otros derroteros más gestuales y visuales.

EN LAS ORILLAS DEL DRAMA


"Cruzadas”. De Michel Azama. Dirección: Juan Pastor. Reparto: Andrés Rus. María Pastor. Susana Hernáiz. Rafael Navarro. Luis Carlos de la Lombana. Javier Ortiz. Victoria dal Vera. Elia Muñoz. Eduardo Navarro. Vestuario: Lupe Estévez. Iluminación: Carlos Navarrete. Madrid. Sala Cuarta Pared. 27-3-2002.

El dramaturgo francés Michel Azama demuestra ser autor de un teatro comprometido con la palabra, con la poesía y con la moral del teatro. Continúa las sendas de cierto teatro francés reciente y consciente por el que transitan Bernard Marie Koltés, o Enzo Corman. Un teatro que está en la orilla del centro del drama, donde aposentó Samuel Beckett su tienda de campaña dramática, para echar una mirada final sobre el mundo, donde los seres reales y las criaturas literarias no están separados por fronteras racionales.
En “Cruzadas”, Azama derrumba las barreras del mundo de los vivos y de los muertos, para establecer un ámbito dramático donde causa (guerra) y efecto (muerte), conviven con pasmosa tranquilidad.
La obra presenta una estructura similar a la de un haz, o un ramillete de historias entrecruzadas, que también justifica el nombre de la pieza. Personajes históricos y contemporáneos se cruzan en el interior de la escena con pasmosa naturalidad. Todos tienen algo en común: van a morir por causa de la guerra.
Por encima de este caleidoscopio bélico-espectral, Azama centra el corazón de su historia en la reciente guerra balcánica de Bosnia. El sinsentido de las guerras alcanza su mayor ejemplificación en las contiendas civiles, esto es, en el interior de un mismo país, donde se enfrentan, generalmente bajo el manto y la excusa de la religión, amigos, hermanos y hasta familiares. La tesis de Azama es que donde más duele la guerra es en la juventud. Criaturas desorientadas y desperdigadas, que se dejan arrastrar por el descontrol caótico de los tiempos bélicos. Los francotiradores que destrozan vidas por doquier, son unos insensatos excitados, que terminan pagando su irreverente osadía con la vida.
Juan Pastor y su compañía Guindalera, Escena Abierta, entienden el teatro como un lugar de convivencia pacífica con el arte y con la moral. Su equipo de jóvenes y precisos intérpretes realizan unas medidas interpretaciones, que nos introducen en esa ruina moral que traen las guerras, con vibrante pasión y técnica.
El mundo de los muertos posee a dos entrañables cancerberos, una pareja de ancianos que acuden a la estación de los muertos, a recibir con una manta, a sus pasajeros.
La literatura y el arte dramático en particular son esa manta cálida, con la que tanto el dramaturgo francés, como esta joven y entusiasta compañía, intentan cubrir las heridas y fríos interrogantes del público.

APROXIMACIÓN AL TEATRO GUARRO


"Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba”. De y dirigido por Rodrigo García. La Carnicería Teatro. Madrid. Sala Cuarta Pared. 18-5-2002.

El genio teatral del artista polaco Tadeusz Kantor hizo mucho daño a la nueva escena europea que habría de seguir ciegamente sus huellas. Numerosos creadores teatrales embrionarios del momento, encontraron en su dramaturgia del objeto, en su teatro de la muerte, en sus ceremonias de la gran memoria europea, un camino directo para expresarse con lo mínimo, de la manera más esquemática. Como si un estudiante de Bellas Artes se declara pintor cubista antes de aprender las técnicas del dibujo artístico. Sustituir con el monigote la soberbia línea de la naturaleza. Lo sintético en Kantor era esencia de todo un proceso vital y artístico como pintor, escultor y director de escena; en sus memorables montajes, cada mínimo gesto, silencio, o viejo objeto mostrado en escena, era la punta de un iceberg de toda una experiencia humana; de ahí su rotundidad. Confundir la serenidad del estuario final con el comienzo de la travesía, es una ingenuidad corriente en esos artistas que muestran demasiada prisa por llegar.
Rodrigo García comenzó su continuada trayectoria artística hace casi veinte años. Ha demostrado una tenacidad y una voluntad de vanguardia, que le ha puesto en la frontera de otros géneros artísticos como la danza, el cine, o las artes plásticas. Su intuición siempre ha sido certera, pero no así el resultado teatral de sus propuestas, excesivamente ensimismadas, sin preocuparse demasiado por los intereses, o la misma existencia del público.
Curiosamente, esta nueva entrega de García, comienza a demostrar un cierto equilibrio entre lo que son las bravas intenciones de su autor, y los resultados obtenidos. Está comenzando a concentrar dramáticamente los hasta ahora dispersos rasgos de su aparente estilo. El espectáculo entretiene visualmente, y fluye con una calculada agilidad o demora, como si del movimiento de un concierto se tratara. Esta sepulcral pala de Ikea quiere enterrar -¿o desenterrar?- todo lo más fétido de nuestro mundo, ponerlo a la vista, a través de la repugnancia que pueden provocar en el auditorio las escatológicas interpretaciones de los actores; sin renunciar a que una cantante de ópera –vestida con chándal- venga a cantarnos “a capella” hermosas e intensas arias de ópera.
Dramáticamente, este espectáculo guarro sigue teniendo la rémora de ese ala ingenua y tópica, que el autor –nacido en Buenos Aires- le gusta blandir como pataleo provocador de escándalos, en contra de los tópicos dominantes, “metiéndose en un jardín” ideológico que descalifica la rotundidad de una propuesta personal y radical, y cada vez mejor elaborada escénicamente.

PINCHAZO EN ESCENA


"Morir no es tan fácil”. De David Plana. Dirección: Gemma Miralles. Reparto: José Blasco. Eva Cuevas. Escenografía: Xavo Jiménez. Madrid. Sala Cuarta Pared. 10-6-2002.


Hacer teatro no es tan fácil como pudiera parecerlo. Un buen ejemplo de ello es la compañía que representa “Morir no es tan fácil” de David Plana. Debe ser porque es final de temporada y estamos en tiempo de saldos, (salvo honrosas e intensas excepciones) la única causa por la que una sala como Cuarta Pared programe un espectáculo de tan bajo nivel artístico. En una muestra de teatro escolar o de aficionados este trabajito resultaría aún discreto.
Sólo la escenografía de Xavo Jiménez y la actuación de José Blasco pueden considerarse profesionales en este espectaculitillo. La ingenuidad, tosquedad y torpeza del texto que firma David Plana es propia de ejercicio primerizo de taller de escritura dramática. La dirección de Gemma Miralles es tan “compleja” como un juego de ping pong establecido entre un personaje femenino, situado a la izquierda de la escena, y otro masculino, a la derecha. Por otra parte, el personaje femenino necesitaría de una actriz que sepa lo que es la articulación, la prosodia, la energía escénica y el movimiento, para poder dársele por representado.
Resulta lamentable que en la Sala Cuarta Pared se dé cabida a una obra tan insolvente como ésta, siendo uno de los escenarios donde se ha visto –y esperamos que se seguirá viendo- el mejor teatro joven español reciente.

viernes, 9 de julio de 2010

GENERACIONES ESTAFADAS

"Hamlet García”. Dirección y Dramaturgia: Miguel Morillo. Reparto: Tomás del Estal. Sarah Kiatipoff. Ana Moreno. Félix Estaire. Música: Hard Funk Skol y Cínica Deicida. Madrid. Sala Cuarta Pared. 4-7-2002.

La dramaturgia y el teatro comprometidos con el presente lleva tiempo haciéndose la pregunta de cómo formular el teatro de nuestro tiempo, si como una ruptura absoluta con los elementos genuinos de la teatralidad; o intentando conservar las claves de este lenguaje artístico tradicional -transmitido en directo al público- añadiendo las innovaciones ideológicas y tecnológicas del S. XXI.
La deconstrucción de los lenguajes y discursos artísticos que gravita sobre el arte contemporáneo, produce muchas confusiones y muchos naufragios de la comunicación teatral. Llamar la atención no es sinónimo de interesar.
La Compañía T.A.C. que presenta en la Sala Cuarta Pared su espectáculo “Hamlet García” busca una nueva forma de hacer teatro y representar el mundo que vivimos, desde la perspectiva de los conflictos y las insatisfacciones humanas. La música en directo de dos grupos de raperos -reunidos en escena con los actores- es una buena fórmula para homenajear al coro clásico: enriquece la representación teatral.
El director y dramaturgo Miguel Morillo tiene intuiciones de a dónde quiere llegar, aunque aún le falten instrumentos para calcular el rumbo completo de su navegación. La pieza está construida sobre cuatro monólogos independientes -acompañados de las inevitables acciones físicas cotidianas- que de tan conflictivos llegan a cansar por su falta de progresión y dramatismo. El ejecutivo pacifista, la curranta de traje de chaqueta, la ninfómana aspirante a secretaria, y el adolescente antiglobalización desorientado, forman este cuarteto de voceadores de las infamias de nuestro tiempo.
El montaje deambula por caminos trillados que restan eficacia a la potente desnudez del escenario, (¿en cuántas hornillas de butano encendidas, se han preparado tortillas en escena durante esta temporada?). Pese a estos cantos de sirena, el último cuarto del espectáculo da un giro rotundo, y se convierte en una agradable sorpresa para el público. Los cuatro personajes aislados se relacionan por el argumento de la palabra, y el público comienza a participar como tal, porque se siente activamente engañado.
Sosteniéndose en la brillante interpretación de Tomás del Estal y Sarah Kiatipoff (que dan vida a dos ejecutivos de medio pelo) el autor consigue elevar su propuesta por encima de unas turbias e innecesarias influencias, conectadas a una bombona de butano. La representación final del sueño de los cuatro personajes da alas a un espectáculo que remonta el vuelo en su última parte, dejando un agradable sabor de boca en el público, la de no haber perdido definitivamente la batalla de la teatralidad.

UN DOCUMENTAL POÉTICO

“Miguel Hernández” de Julio Salvatierra. Dirección: Marina Szerezevsky y Álvaro Lavín. Madrid. Sala Cuarta Pared.

La trayectoria artística de Teatro Meridional es de una gran belleza moral. Una joven compañía estable llena de tenacidad y talento, que no sólo ha dado un puñado de buenos espectáculos, sino que además marca unas pautas teatrales enormemente certeras, en tiempos de marejadas de incertidumbre en el rumbo del teatro.
Miguel Hernández es todo un personaje simbólico de la cultura española, el pastor sensible que con tenacidad y genio poético pudo superar su escalafón social en tiempos de revolución. Hernández es la cruz de la moneda de aquella brillante generación de caras, nacidos en el seno de la burguesía ilustrada, que alcanzaron brillantes posiciones en el gobierno de las artes y las letras de su tiempo. Miguel Hernández encarna al hombre hecho a sí mismo; el milagro de una república igualitaria, donde todos los nacidos con talento tenían los mismos derechos, fuera cual fuera su origen social. La guerra civil no sólo quebró aquel sueño del pueblo, sino que provocó unas posiciones radicales y panfletarias en muchos de estos artífices de la palabra, como el mismo Hernández, que enturbiaron la nitidez de su obra.
Realizar un espectáculo a partir de un personaje tan conocido, como el poeta de Orihuela, entraña sus riesgos. El trabajo de documentación que realiza la Compañía, con su dramaturgo oficial, Julio Salvatierra, es del todo encomiable; aunque quizás amarre un tanto el vuelo del proyecto. Contar y evocar fidedignamente los hechos históricos que influyeron en la vida del poeta, es un derrotero posible dramáticamente, pero no encierra en si mismo la semilla de un conflicto que pueda desarrollarse en el drama y hacer tomar partido a los espectadores, o lo que es lo mismo: implicarse mental y emocionalmente. El público contemporáneo admira la figura y la obra de Miguel Hernández, está por encima de cualquier tipo de filias o de fobias por su gran arte poética; y esto frena las posibilidades teatrales del tema-personaje elegido.
Para estructurar la pieza, Salvatierra ha incorporado a un selecto y restringido coro de personajes del entorno directo del poeta murciano: su esposa Josefina, su amigo Ramón Sijé y el poeta Pablo Neruda, acompañados de una misteriosa dama oculta. La inteligencia, la sobriedad escénica y la apuesta radical por el trabajo de interpretación son cualidades habituales de los trabajos escénicos de Teatro Meridional, que vuelven a aflorar en esta delicada y potente propuesta teatral, en torno a la figura de Miguel Hernández.
Una sala a rebosar de espectadores, aplaudió y vitoreó a los integrantes de la compañía, y la honestidad y belleza que demuestran continuadamente en su trabajo.

lunes, 5 de julio de 2010

CHICAS DE NINGUNA PARTE


"Las chicas de Essex". De Rebecca Prichard. Yacer Teatro. Dirección: Pablo Calvo. Escenografía: Pedro Morales. Música original: Los Enemigos. Reparto: Imelda Casanova, Ledicia Sola, Eugenia San Martín, Ruth Salas. Carmen Menager... Madrid. Sala Cuarta Pared.

Hay una nueva hornada de jóvenes autores británicos que se han estrenado recientemente en los escenarios madrileños. Cultivan una suerte de realismo sucio y solidario, que desciende a los suburbios de la gran ciudad y nos muestra una radiografía desesperanzada de las clases sociales más vulneradas por el "neoliberalismo económico". Esta tendencia teatral puede ilustrarse fácilmente con referentes cinematográficos más cercanos, gravitarían entre la gracia de "Full Monty" y la amargura de los filmes de Ken Loach. Por otra parte, hay que celebrar la sana incorporación del descaro sexual, fresco y estimulante.
El montaje de "Yacer teatro" capta muy bien este aire de "suburbios" amargos que respira la obra; es acertada la incorporación de un grupo musical como "Los enemigos", que se embarcan en el pionero oficio de componer música para teatro; debía cundir el ejemplo. La escenografía, las jóvenes actrices, y el trabajo de dirección tienen un estilo, pero, en realidad, según avanza la representación, se comprueba lamentablemente, que lo que ocurre en escena no se traspasa al público, que permanece frío durante toda la representación.
El texto adolece de dramaticidad global. Se trata de dos obritas, que en realidad podrían ser la transcripción de dos improvisaciones escenificadas de escuela. Falta autoría, falta mirada, falta voz, y sobre todo falta acción; me refiero a la escritura del texto, y probablemente a su traducción. También se echa en falta una mayor concreción y coherencia de las intenciones del montaje. Intentando re-localizar el conflicto, a la par de mantener identidades y espacios británicos, las chicas de Essex terminan siendo las chicas de ninguna parte, y probablemente por eso interesen mucho menos al respetable.
Hay que destacar el trabajo de Imelda Casanova en el papel de Diane, y la genuina gracia de Eugenia San Martín (un físico singular) en el de Karen.

viernes, 2 de julio de 2010

SEXO EN FOTOCOPIAS


"La falsa suicida" de Angélica Liddell. Producción: Atra Bilis. Iluminación: Oscar Villegas. Dirección: Angélica González. Intérpretes: Gumersindo Puche. Angélica González. Madrid. Sala Cuarta Pared.

El enigmático nombre de A. Liddell Zoo viene navegando por el teatro madrileño desde hace unos años, con una aureola de misterio y singularidad. Su obra "Leda" fue puesta en escena por el joven director y músico Oscar Villegas, consiguiendo un espectáculo impecable y de una enorme originalidad. En "La falsa suicida", la misteriosa autora que antaño prefería ocultarse tras un seudónimo tan críptico, ha dado la cara y el cuerpo, desdoblándose en Angélica Liddell -la autora- y Angélica González, la actriz y directora.
La escritura de esta "rara avis" es compleja, porque no se detiene en el uso discriminado de las palabras, sino que sigue escribiendo su texto en el espacio, con los objetos, con los materiales, con el cuerpo y el rostro de los intérpretes. Esta fórmula está reservada sólo a los elegidos. Dominar la dramaticidad de las palabras y de las imágenes sensoriales que éstas generan, es tarea en la que naufragan muchos otros creadores de "supuesta vanguardia", desplegando el estéril repertorio de su onanismo.
Lo raro, no es ver los elementos plásticos y dramáticos que "La falsa suicida" convoca en escena, sino que funcionen; que estén bien digeridos por los intérpretes, y que cumplan su función sin aburrir al público.
Angélica Liddell hace una lectura personal del personaje de Ofelia -la falsa suicida- la doncella ahogada que ni siquiera tiene el privilegio de morir en escena. El texto tiene un gran componente de reflexión sobre el mundo del teatro y sus intérpretes; pero, a la par, tiene la función de liberar las angustias sexuales de la protagonista en constante diálogo con Horacio, el personaje masculino que se rescata del originario "Hamlet". El discurso de la obra es radical, también su estética. La actriz actúa desnuda más de media obra, tras haberse pasado el resto de la función con las piernas dentro de una pecera llena de agua. Todos los elementos plásticos que se convocan en escena -además del actor- son simbólicos y ceremoniales. Sólo con esa radicalidad sincera, acompañada de una gran rigurosidad, se puede hacer avanzar el lenguaje del arte. La iluminación de Oscar Villegas también habla, dice y sugiere muchas cosas, en este atractivo espectáculo de ajustada vanguardia.